Es desalentador pensar que nunca voy a encontrar un lugar así de hermoso, donde la tranquilidad me acaricie con el cuidado que necesita mi alma agobiada. Cuando cierro los ojos intento privarme del dolor y la oscuridad hace su entrada; un verdugo que carga una espada reluciente y un manto con el que se apresura a cubrirme, dándole calor a mi cuerpo que yace inmóvil.
Entregado a su merced, yo se que en ella no puedo encontrar nada, pero tampoco sé si estoy buscando algo. Así como me encuentro, arropado en tinieblas, pretendo dejar atrás el cuerpo y así ya no cargar con el peso de los músculos y los huesos. Si esto es vida estoy renunciando a ella.
El viento me empuja a través de un camino que hiere mis pies y a mi alrededor veo las hojas muertas que caen de árboles desnudos. Me pregunto cómo podré ocultarme de las estrellas, si ya no está la hierba que tapaba la vista de un cielo gris al borde de las lágrimas.
No quiero estar en este lugar, pero aún si corro en cualquier dirección, si tomo el sendero que más deseo, al doblar la esquina me espera la misma visión.
Así es que ya no quiero avanzar, en este suelo planto mis rodillas y me pudriré con los árboles. Ellos volverán a vestirse en primavera, yo, en cambio, me veré igual de pequeño y desnudo frente al mundo.
Quisiera ser lejano y brillante, un bello descenso, un atardecer en el mar. El miedo no me lo va a permitir. No voy a ser ni siquiera un destello, perdido en la inmensidad del espacio.