Casandra temblaba bajo una lluvia artificial. Cuando cerraba los ojos se imaginaba zambullida en el ártico, hundida por el peso de su propio cuerpo expuesto. Debajo de ella, el azul se volvía negro y el pulso se le aceleraba al pensar en los ojos ciegos que la acosaban. Esa aplastante presencia era la única que la abrazaba. Bajo el agua no se distinguían las lágrimas, tanto así que dudaba si había llorado en absoluto.
La presión en el pecho le advirtió que había llegado demasiado lejos y ella pataleó hasta la superficie; tanto tiempo había pasado en la profundidad, que el hielo se había cerrado, robándole su única salida. Mezclados entre las nubes, los pájaros se reían de ella.
Casandra tomó aire y abrió los ojos para enfrentar los azulejos color crema. Le temblaban los labios, manos y pies. Se pasó la esponja por los brazos hasta que la espuma se tornó roja y la piel muerta se hacinó bajo las uñas de porcelana. Quería verse reluciente, impregnar su cuerpo con aroma a flores silvestres y lavar cada relieve que la volvía imperfecta.
Estuvo hora y media tallándose el cuerpo, acicalándose para el gran evento y aun así cuando vio sus hombros húmedos y las gotas como rocío estancado sobre su vientre, se sintió inmunda. Se secó el cabello, se puso pendientes dorados en forma de soles para combinar con el color apagado de sus ojos; usó un labial rojo y un collar de perlas negras que deslizó entre sus senos, escondidos por un vestido de profundo escote. La tela cayó como una cortina sobre sus piernas para no tener que reparar en quién la miraba con descaro.
Quería caminar, pero esa tarde había llovido y no podía permitirse que un mal paso arruinara su imagen en caso de que alguien quisiera fotografiarla. Se había preparado para eso haciendo muecas frente al espejo; qué tonta se veía cuando analizaba sus gestos. ¿Debía enseñar los dientes o pegar los labios? La sonrisa rara vez se reflejaba en sus ojos así que debía recordar entrecerrarlos para parecer más genuina, más dulce.
No, en definitiva no debía mostrar los dientes, después de todo, es un gesto hostil, los animales lo hacen antes de atacar.
Cuando lo vio se le hizo un nudo en la garganta; el vestido tenía un hilo suelto, tal desgracia no podía ser posible. Casandra batalló con la hilacha rebelde con tal intensidad que no notó el momento en que el vehículo se había estacionado frente a la entrada de su destino.
El conductor era el anfitrión, a quien no tenía que pagarle, no obstante le debía la posibilidad de presenciar una reunión con quienes la iban a agasajar y mimar así como él lo había hecho.
El sol oculto detrás de un cielo gris creyó las promesas que el viento traía consigo, así que brilló con más intensidad y calor, lo dio todo, pero el cielo solo se despejó al anochecer.
Se conocieron en el rincón más oscuro del bar donde Casandra se intoxicaba los fines de semana, matándose lentamente porque deseaba vivir más que nunca.
Habían sombras sin dueño bailando sobre paredes policromáticas, no lograba escuchar la música por sobre el zumbido que nacía del interior de su cráneo, pese a que los parlantes vibraban con tal intensidad que ahogaban sus quejas.
Alguien la llevó del brazo, arrastró la figura entre una multitud de formas que gozaban de la noche. Casandra clavó los tacones en el suelo cuando reconoció las letras rojas fluorescentes sobre el marco de la puerta. La poca claridad que conservaba sabía encontrar protección en la oscuridad y el ruido porque las pálidas lámparas de la calle no tendrían piedad alguna. Ya no quedaría donde esconderse cuando el silencio la obligara a hacerle frente al hombre que había arrancado su disfraz.
—Eres una mujer hermosa —él habló como un caballero—, verdaderamente única.
Hacía mucho tiempo que Casandra había aceptado cuán difícil era sostenerle la mirada. Creció para aprender que aquellos que decían lo contrario eran viles mentirosos, esos que se tachaban de buenos por tenerle compasión a quien no la buscaba.
—Lo soy —Casandra respondió aun así.
—Las personas hermosas pertenecen a lugares hermosos. Te quiero invitar a uno.
—No te conozco.
—Nos conocemos bien, Casandra.
Pudo haberse negado. ¿Debería haberse negado? Dejarse envolver por lo que ella creyó mentira resultó reconfortante, porque el extraño la llevó a casa y una vez en la puerta, la abrazó. No hubo beso, ni pasión, ni lujuria; solo una calidez fugaz y honesta.
Ella deseó quedarse allí, atada contra su pecho, sin hacer ni decir nada. Podrían pasar horas y jamás hubiese tenido suficiente; fue por ello que quiso verlo de nuevo, no porque él fuese importante, sino para que la hiciera sentir que valía, que quien importaba era ella.
El hombre le abrió la puerta del auto, Casandra bajó sin mirar a los lados porque no quería saber dónde estaba; ponerle a la calle un nombre, ver los números con los que se identificaba la vivienda le recordarían que estaba despierta.
En el pasillo no había más que un cuadro pintado al óleo y un perchero que ya custodiaba varios abrigos. Ella no tenía con qué protegerse del frío.
La mano del anfitrión le rozó la espalda para motivarla a avanzar hacia la sala de estar, de donde provenían risas, el agradable aroma a perfume caro y música suave. Casandra reconoció la canción, la había escuchado una vez en el auto camino al hospital el mismo día que su hermana había muerto.
El no ver las caras de los demás invitados hizo que se le encogiera el pecho. Distinguía sus bocas al moverse conforme murmuraban cosas que no entendía y tampoco le interesaban. Los ojos y nariz eran cubiertos por antifaces de variada ornamentación; lentejuelas que resplandecían, plumas volando y terciopelo. Cada uno hacía juego con la vestimenta de su portador.
—Tú no necesitas una máscara porque eres la razón de que hayan venido, ellos quieren verte. —El anfitrión se apresuró a mitigar sus dudas, más no su incomodidad, pues incluso él le ocultaba su rostro.
La gente a su alrededor continuó susurrando, nunca sabía de qué porque se aburría y quería irse. Cada tanto distinguía su nombre entre las demás palabras.
—¡Que linda estás esta noche! —exclamó una mujer de voz chillona. Hizo un ademán de tocarle el brazo a Casandra, pero se contuvo, como si el tacto fuera a ensuciarla.
«Parece una muñeca. Cuando sea grande quiero ser así», añadió una niña que parecía la versión más joven de la mujer que había hablado antes.
—¡Preciosa, está preciosa!
Madre e hija ya se habían alejado cuando Casandra encontró las palabras adecuadas. Sabía que las conocía aunque ignoraba de dónde. Ese sentimiento se repetía con cada nuevo invitado que elogiaba su gracia natural. Natural como el intrincado léxico de un poeta que no quiere ser salvado. Natural...
El corazón de Casandra no latía si no era al compás de una sinfonía compuesta para otra persona. Ella destrozaba espejos y bailaba sobre el filo para purgar todo lo que era y no debía ser. Casandra sangraba veneno y de sus venas abiertas colmaba copas de oro.
La mesa del comedor fue dispuesta para siete comensales. Cada plato tenía su copa de cristal, cada copa guardaba una servilleta de tela doblada con la intención de imitar las idas y venidas de los pétalos de una rosa. Había también siete pares de cubiertos dorados, pero los presentes eran ocho.
—Te agradecemos mucho por haber venido y por servirnos esta noche —dijo el anfitrión, quien estaba en la cabecera opuesta a la que ocupaba Casandra.
«Gracias», era la respuesta que había ensayado. «Es un placer», había dicho aquella mañana mientras se peinaba. Los miró a todos; las camisas planchadas, los vestidos de luto y los ojos hambrientos brillando a la luz de las velas.
—En realidad no quería venir —el silencio la sofocó hasta hacerla hablar—. Me tratan como si me conocieran, pero no sé quiénes son ustedes. No entiendo de qué hablan, no sé por qué me miran y tengo miedo de que alguno haga las conjeturas correctas.
No era cierto. Ya sabía por qué la miraban y lo que ellos querían de ella, lo que la había llevado hasta ese lugar en vez de a la mesa al fondo en el bar.
Aunque ella no fuera consciente, todos ellos la acompañaban a diario. Cuando abandonaba la cama luego de desperdiciar otro día y vaciaba la despensa durante la noche. Cuando le gritaba al espejo y sollozaba deseando arrancarse la piel que la apresaba porque su forma no era digna de recibir el amor que le faltaba. Cuando devoraba libro tras libro porque anhelaba almacenar todas las respuestas que nunca daría a conocer.
Casandra apartó la silla de la mesa, se quitó los zapatos y se subió; de cara a los presentes, sujetó el vestido por cada extremo del escote y las costuras cedieron a los tirones. Se lo arrancó del cuerpo como una víbora que renace al mudar de piel. Una figura idéntica siendo honesta con su fragilidad. Una llaga viva, en eso se convirtió cuando la luz cayó sobre sus marcas de nacimiento, sobre sus cicatrices, sobre sus curvas imperfectas.
Dio un paso adelante levantando la rodilla para alcanzar el borde de la mesa. La mujer que la había saludado alzó la cabeza para seguir viendo su rostro. La niña estaba sentada frente a su madre y hamacaba los pies por debajo de la mesa para sacudirse el entusiasmo.
El hombre sentado a la derecha del anfitrión se inclinó hacia él para decirle algo; el anfitrión lo calló con un gesto de la mano, porque quien tenía delante importaba más que la observación infame.
Casandra se arrodilló para recoger la copa que había estado a un lado de su pie. La alzó sobre su cabeza para que todos fueran testigos. El cáliz era enmarcado por un aro de luz proveniente del candelabro que flotaba unos metros más arriba y coronaba a la mujer desnuda.
La primera gota de vino le salpicó la frente y se deslizó entre sus ojos. Los hombros se convirtieron en cascadas y su cadera en el lecho de un río furioso. Ella fue ensordecida por un estallido de aplausos y felicitaciones que la acompañaron mientras se arrastraba entre la impecable platería.
La madera casi negra le provocó escalofríos al tomar contacto con su espalda. Los niños cierran los ojos para hacer desaparecer aquello que temen. Casandra sabía que tal cosa era un sinsentido, pero también los cerró para no verle la cara a aquellos que la besaban con los dientes y lavaban sangre con saliva.
A lo mejor, si era buena, el amor brotaría bajo los azules y violetas que le pintaban la piel. Deseó ser herida porque lo merecía y porque la única muestra de afecto que podía aceptar venía de la mano que la azotaba. Casandra le mostraba los dientes a la buena voluntad porque ninguna caricia significaba más que dolor para un perro de la calle.
Ella lloró mientras le mordían los huesos, le dieron náuseas al sentir manos ajenas abriéndose camino bajo la piel, pero no gritó porque el sufrimiento solo vale la pena cuando es estético y si ella alzara la voz, arruinaría la cena que se celebraba en su nombre.
Casandra estaba condenada al olvido, por ello no podía permitirse ignorar el dolor de ser consumida con tanto fervor. Inflándose de orgullo, con el pecho abierto, las costillas rotas y el corazón en la boca del hombre que la había deseado más que nadie. Rasguñó la mesa en desesperación por conservar las migajas de gloria que dejaban aquellos que la devoraban.
Los invitados se llenaban la boca y cada tanto bebían de sus copas, un calco de los labios quedaba impreso en el cristal cada vez que tomaban un sorbo. La niña se levantó de su silla y corrió al otro lado de la mesa con un cuchillo en la mano. Cortó un largo mechón de cabello de Casandra y se lo guardó en el bolsillo, nadie la detuvo.
Al dar las once de la noche, los participantes agradecieron la cena y se despidieron con cálidos abrazos prometiendo una pronta reunión. El anfitrión apagó las velas una por una y se detuvo al ver una aureola roja en el puño de su camisa; la estudió con disgusto bajo la mirada expectante de Casandra, un par de ojitos brillantes que preguntaban «¿estuve bien?»
—Hiciste un desastre, deberías tener más cuidado la próxima vez —dijo el anfitrión mientras sofocaba la última llama.