Marian Asfodel ← Volver
Narrativa

Memento Mori

Tempus fugit. La muerte llega cuando debe llegar.

21 de noviembre de 2024· Muerte · Existencial· 9 min de lectura

El viento llevaba consigo la esencia de una ciudad que se preparaba para descansar. Una luna menguante coronaba el cielo con su resplandor, como un faro brillando en medio de un cielo despejado. Helena inspiraba profundamente y cerraba los ojos dejando que el aire le helara el pecho y la sal marina le diera un ligero sabor en los labios.

Sus pies descalzos colgaban sobre una calle desierta, iluminada por luces blancas; desde las alturas todo parecía insignificante y aquella distancia la consolaba. Su mirada recorría un horizonte oculto por la penumbra, siempre le había gustado el modo en que el mar y el cielo se funden cuando el sol desaparece, reconfortante de cierto modo, pues le hacía pensar en el final, así como cuando uno despierta de un sueño, cuando se cierra un libro o se acaba una película. El recuerdo de algo que ha pasado y nunca regresará. Una vela se extingue en la habitación de un niño que no la ve porque ya está dormido.

—Es una noche muy hermosa, aunque algo fría para estar aquí arriba.

La profunda voz de un hombre sonó con gentileza y Helena expulsó el humo que contenía en la boca antes de responder sin el menor interés de mantener una conversación.

—Sí.

Eso era todo. Le disgustó el modo en que aquel monosílabo escapó entre sus labios resecos; con frecuencia sentía que la lengua le pesaba antes de hablar porque muchas de las frases que articulaba no tenían sentido. Pensaba más rápido de lo que podía formar las oraciones. De cualquier modo, ¿lo que decía tenía relevancia? Por lo general, no. Nunca pudo decidir si le agradaba el silencio y por ello le disgustaba el sonido de su voz o si por el contrario, no le agradaba su voz y por ello había aprendido a apreciar el silencio.

Las cenizas cayeron al vacío y la colilla de cigarro las siguió, perdiéndose en algún punto de la avenida.

—Vine por usted. —El hombre insistió y Helena lo miró por primera vez.

No había nada de particular en aquella persona, era un hombre alto, vestido elegantemente con un traje negro. Ella estaba segura de que jamás lo había visto, no obstante, hallaba en él una mirada familiar, unos ojos en los que veía el tiempo que escapaba. «Tempus fugit», pensó ella, «memento mori».

—¿Por qué tardó tanto? —cuestionó la mujer.

—No he tardado, llego cuando debo llegar.

Ella sonrió, quizás por los nervios o tal vez porque le era difícil disimular cuánto lo ansiaba. Lo había buscado por tantos años, pero siempre se le escapaba y ahora él mismo iba por ella, como un amante arrepentido por su ausencia.

—Quisiera una taza de café —Helena se levantó y con sus manos acomodó la falda que se le había arrugado. El hombre le dio un vistazo al reloj que llevaba en la muñeca izquierda, luego sonrió y asintió con la cabeza, permitiendo que la mujer lo guiara escaleras abajo.

Los pasillos eran extensos, la luz escaseaba porque muchos de los focos habían estallado a causa de los años que llevaban trabajando. El edificio así como estaba era laberíntico, todo igual, oscuro, puertas marrones y paredes beige.

Cuando iba de paseo, Helena tenía la costumbre de observar las casas y complejos departamentales. Le resultaba gracioso el modo en que la ciudad se asemejaba a un hormiguero y cada persona era una hormiga. Todas distintas pero todas iguales, dispensables. Es natural el modo en que una hormiga es reemplazada por otra, cruel, por supuesto... Pero la naturaleza no está infectada por la condición humana, pues no conoce piedad, ni ética, ni moral.

El departamento de Helena era pequeño, manchas de humedad pintaban las paredes que alguna vez fueron blancas. De vez en cuando, si ella las miraba detenidamente, encontraba rostros extraños que le devolvían la mirada.

En las esquinas se apilaban cajas de mudanza que no conseguía vaciar; día tras día se decía a sí misma «lo haré más tarde», pero no lograba llevarlo a cabo, así como tantas otras actividades que alguna vez había disfrutado y ya no podían abstraerla de aquello que echaba raíces en su mente.

—¿Qué es eso? —preguntó el hombre mientras pasaba los dedos sobre una pila de hojas repletas de arriba a abajo por letras apretadas y manchones de tinta negra.

Helena estaba en la cocina mirando la cafetera, como si la intensidad de su mirada pudiera hacer que la infusión se calentara con mayor rapidez.

—Son mentiras. —La mujer realizó una pausa antes de explicarse—. Soy escritora, la mayoría nos mentimos a nosotros mismos, jugamos a ser quienes no somos y luego le contamos al mundo esas mentiras.

—¿Alguna vez alguien te creyó?

—No.

Ella sirvió el café en dos pequeñas tazas de porcelana, no recordaba de dónde las había sacado, ni hacía cuánto tiempo las tenía consigo, pero allí estaban y le eran útiles pese a los colores y los bordes desgastados.

Helena llevó ambas tazas a la pequeña mesa redonda frente a la cual se había sentado el extraño visitante.

Ella se sentó del otro lado y tomó una manzana de la frutera que operaba como centro de mesa. Al cortar la fruta sintió que se le oprimía la garganta. El borde era blanco y fresco, pero conforme se acercaba al centro tomaba una infecciosa tonalidad amarronada que se fundía en un negro putrefacto. Alrededor de las semillas se retorcian un par de gusanos, agitados por la repentina luz y aire limpio que les llegaba.

Helena se preguntó si es que así se veía su cuerpo por dentro. Si alguien cortara y abriera su pecho como ella lo había hecho con la manzana, ¿encontrarían su corazón latiendo bajo pulmones marchitos? Los gusanos se estarían arrastrando, consumiendo la carne descompuesta; anidando en cada cámara de su corazón. Por un instante, la mujer los sintió deslizándose bajo la piel de sus brazos y tuvo el impulso de arrancarlos con sus propias manos.

—¿Alguna vez alguien pudo leerte? —insistió el hombre.

—No —respondió ella—. No quiero ser vista.

—Pero quieres ser amada.

—Sí.

¿Cómo podía alguien amar aquello que desconocía? Ella lo hacía todo el tiempo, sin embargo, amar lo desconocido para ella implicaba tener cierto recelo por aquello que conocía. A medida que descifraba el misterio, la verdad desnuda le resultaba aburrida a un punto abrumador, como un banquete que luce delicioso, pero no sabe a nada.

Lo que hace bello a un atardecer es que no puede alcanzarse y perseguir atardeceres la había dejado vacía.

—¿Tienes miedo?

—Por supuesto... Todo aquello que respira está preparado para huir de ti.

—Entonces, ¿por qué me buscaste?

—Porque yo ya no soy una persona.

—Entonces, ¿qué eres?

—Un cadáver.

Había perdido la cuenta de la cantidad de años que habían transcurrido de aquel modo. Cada día se arrastraba fuera de la cama y las horas volaban como si estuviera aun soñando. Muchas veces, al estar entre la gente sentía cómo las miradas la atravesaban, veían a través de ella como si fuera invisible. En ocasiones le daba miedo incluso hablar porque temía que su voz hubiese sido robada. La mujer era un fantasma que cargaba su cuerpo como un traje viejo que se rehusaba a quitarse.

Muchas veces olvidaba que el resto del mundo no vivía cada día soñando con el instante de conocer su final, envidiaba a las personas inocentes que morían de un momento a otro, era triste sobre todo cuando ellos apreciaban su vida, ¿por qué de repente ellos se iban y ella seguía allí? Qué injusticia. Incluso a los reclusos se les daba el privilegio de morir luego de que sus ofensas fueran demasiado grandes para ser perdonadas, ¿es que acaso ella no merecía piedad?

—¿Alguna vez te has sentido así? ¿Tan ajeno a la realidad que sientes que la única forma de despertar es desaparecer?

El hombre no contestó. El café se había enfriado y la noche llegaba a su final.

—Es hora de irnos.

Helena miró por la ventana, el cielo antes consumido por la oscuridad aclaraba poco a poco tornándose azul y los pájaros más madrugadores levantaban el ánimo con su canto.

Ella apartó la silla de la mesa y se levantó para ir a su habitación siendo seguida por el extraño. Ambos se sentaron en la cama que llevaba semanas sin tenderse. La mujer estiró su brazo para alcanzar la botella de whisky que siempre estaba sobre la mesita de luz, rodeada de polvo, papeles manchados y colillas de cigarro; abrió el cajón de la misma mesita de luz y buscó a ciegas un pequeño frasco blanco sin marcas ni etiquetas.

El hombre le permitió recostarse contra su pecho, un brazo la rodeaba con el cariño de un padre y su otra mano le acariciaba el cabello apartándolo de sus tristes ojos mientras ella, asqueada, tomaba las píldoras que le arañaban la garganta conforme las tragaba a puñados, el alcohol ardía en su pecho, pero ella continuó hasta que el mundo a su alrededor comenzó a moverse demasiado rápido como para seguirlo observando.

Helena sintió como los helados labios de aquel hombre rozaban su frente y ella se aferró a su traje cuando el llanto comenzó a lavar sus mejillas sonrosadas mientras se tragaba un sollozo.

Las manos de la muerte acunaron su rostro y secaron aquellas lágrimas. Helena soñó por última vez. Soñó que despertaba en un cuarto ensombrecido, la puerta estaba abierta y gracias a ello podía ver como la luz del sol entraba tímidamente por la ventana de la cocina e iluminaba el pasillo de la casa de su infancia. En aquel momento todavía era demasiado bajita y ni siquiera parándose en puntas de pie llegaba a verse en el espejo del baño, de cierto modo la podredumbre se sentía menos, estaba presente y ella lo notaba, pero su inocencia en ese entonces era tan grande que se sobreponía a la semilla de repugnancia que tenía plantada en algún rincón de su mente. El cielo estaba despejado y era el inicio de uno de aquellos eternos días de verano en los que se refugiaba en el patio y hablaba consigo misma, contándose las mil y un historias que nadie leería jamás.

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