Marian Asfodel ← Volver
Narrativa

El que emergió

Lo que el lago se lleva, el lago lo devuelve.

14 de octubre de 2024· Horror · Sobrenatural · Familia· 10 min de lectura

El fuego ardía en la chimenea y las ventanas temblaban de arriba a abajo cuando el viento las golpeaba. Nuestra casa, modesta y acogedora, era protegida por un ejército de cedros que formaban el frondoso bosque que nos aislaba de los vecinos por varios kilómetros. La casa parecía respirar cuando la madera crujía y las tuberías sonaban; en algún momento, durante la niñez, temí que el techo fuera a caer sobre nuestras cabezas mientras dormíamos, pero con el correr de los años, aprendí a escucharla. Mi hermano solía decir que con el tiempo uno se vuelve parte del lugar que habita y una parte suya siempre buscará volver a su hogar.

Recuerdo la primera noche luego de que mi hermano regresara. Su pelo castaño desordenado y húmedo se le pegaba a la frente, tenía las mejillas rosadas y los labios violetas por el frío, su ropa escurría agua y formaba un pequeño charco alrededor de sus pies. Un hoyuelo apareció en el lado izquierdo de su rostro cuando sonrió mientras nuestros padres le llamaban la atención por su tardanza. Sus ojos, marrones como los míos, brillaban con una viveza contagiosa.

Tras cambiarse la ropa empapada, tomó asiento en el lugar de siempre, a un lado de la estufa, mi madre a su derecha, mi padre a su izquierda y yo frente a él. Parecíamos un espejo, porque éramos mellizos y lo único que nos diferenciaba era la cicatriz que él tenía en su labio superior izquierdo.

Debíamos tener alrededor de once años cuando nos adentramos en el bosque buscando el árbol más alto. Por supuesto que no teníamos forma de saber con exactitud cuál era, aunque teníamos imaginación y mucho espíritu. Una vez que nos paramos frente al tronco del árbol seleccionado, alcé la cabeza tratando sin éxito de ver dónde terminaba la copa. Jonathan no esperó, en su lugar, dio un salto para alcanzar una rama e impulsarse hacia arriba, comenzando a trepar pese a mis advertencias.

Me pregunté, entonces, si es que la persona sentada frente a mí era capaz de recordar aquel suceso, el momento en el cual una de las ramas cedió y mi hermano cayó por un par de metros resultando en su labio partido. ¿Acaso él lo sabía?

Cuando agradeció a mi madre por la comida usó el mismo tono y las mismas palabras que escuchábamos cada noche. Al terminar, acomodó los cubiertos a ambos lados del plato y esperó a los demás con ambas manos apoyadas sobre su regazo. A simple vista no había motivo alguno por el cual preocuparme, Jonathan estaba bien y su retorno, si otras fueran las circunstancias, me hubiera llenado de indescriptible alegría. El único problema era que yo lo había asesinado aquella misma tarde.

Yo no había querido hacerlo, por supuesto, pero nunca antes había sentido el peso de un rifle en mis manos y di un salto al oír el repentino disparo. Mi hermano no gritó, estaba tan sorprendido como yo. Me llamó por mi nombre y cuando me giré para verlo, una mancha roja había comenzado a extenderse por el estampado a cuadros de su camisa.

«Ayúdame», me dijo mientras se recargaba en un árbol, un hilo de sangre resbaló por la comisura de sus labios.

No me pude mover, no pude hablar, quizás si hubiera corrido a casa hubiera podido llamar a alguien, quizás lo hubieran salvado o tal vez hubiera muerto camino al hospital, al menos así en sus últimos momentos Jonathan hubiera sabido que no lo había abandonado.

En su lugar, lo miré hasta que sus manos dejaron de temblar, su respiración forzada se apagó y yo, aún aturdido, arrastré su cuerpo al agua, dejando que el lago se lo llevara, porque en verdad no sabía cómo mirar a mi padre a los ojos y decirle que había asesinado a su hijo con el arma que teníamos prohibido tocar.

Nunca antes había visto a una persona muerta. Es extraño, porque después de todo, lo que queda no es más que el disfraz de ser humano que usamos para ir y venir por el mundo de los vivos. El disfraz que esa cosa se había robado y ahora jugaba a ser mi hermano.

Aquella noche busqué refugio bajo las mantas como un niño que pretende huir de los temibles monstruos que lo acechan bajo la cama y en el armario. La oscuridad me rodeaba y yo estaba de cara a la pared, escuchaba atentamente.

Al principio era solo mi respiración, el latido de mi corazón, los grillos y las cigarras que daban concierto afuera, perdidos entre la hierba alta; luego fue la bisagra de una puerta al abrirse del otro lado del pasillo y el crujir de la madera bajo el peso de un cuerpo delgado que se detuvo frente a la entrada de mi habitación. No me moví, y aunque lo hubiera hecho, el cuarto le pertenecía a la penumbra, de modo tal que al abrir los ojos, todo era de un negro profundo e impenetrable.

Reconocí el sonido metálico del picaporte bajando con tortuosa lentitud y un leve empujón a la puerta que yo había tenido la precaución de cerrar con llave unas horas antes. La secuencia volvió a repetirse pasados unos minutos y continuó hasta que los primeros rayos de sol iluminaron la alfombra de mi habitación; entonces los pasos se retiraron y la puerta volvió a cerrarse.

Solo pude descansar acompañado por el canto de los pájaros, sin embargo, los hábitos matutinos de mi familia no me permitieron reposar lo suficiente. Mis padres insistían en que uno debía aprovechar cada momento del día, fuera que estuvieran ocupados o simplemente tomando el sol; uno debía estar despierto, consciente para reconocer que aún se estaba vivo.

Una vez en la cocina miré por la ventana hacia el patio de atrás, mi hermano estaba afuera cortando leña, la madera se partía con facilidad cuando el filo del hacha la atravesaba y al escuchar el golpe, no podía evitar imaginarme a mí mismo tendido sobre el tronco, mirando a Jonathan, suplicando así como él me había suplicado, mientras él elevaba la herramienta por encima de su cabeza solo para dejarla caer sobre mi pecho.

Me estremecía al pensarlo, aunque más aún me inquietaba el modo en que él me miraba, sin ningún tipo de ánimo en especial, ni una arruga en su expresión, la piel tersa, los ojos redondos y luminosos, clavados en mí...

La familia tenía un perro, un border collie blanco y negro que se llamaba Casper. Ese perro nos cuidaba a mi hermano y a mí cuando éramos niños y nosotros lo amábamos tanto como él nos amaba a nosotros; sin embargo, mientras mi hermano estaba parado en el patio, Casper se rehusaba a acercarse a él, ladrando y quejándose mientras tiraba de la cadena con aires desesperados. Aparentemente, el animal y yo éramos los únicos que sabían la verdad, aquello que estaba ahí, «eso», no era Jonathan.

Esa noche volví a escuchar la puerta al abrirse y los pasos atravesando el pasillo, pero esta vez no se dirigían a mi habitación, sino que continuaron bajando por la escalera. Pasados unos minutos, me deslicé fuera de la cama, caminando descalzo, en puntas de pie, abrí la puerta apenas lo suficiente para poder salir de la habitación y me aventuré por el pasillo siendo acompañado únicamente por el resplandor de la luna que entraba con timidez por entre la cortina a medio cerrar.

Al pisar el último escalón, asomé la cabeza observando en un principio la sala de estar en completa quietud, luego me llamó la atención una luz cálida proveniente de la cocina. Jonathan estaba sentado en el suelo con la puerta del refrigerador abierta de par en par, entre sus manos tenía un pedazo de carne que aún escurría un líquido sanguinolento y lo saboreaba, lo desgarraba con los dientes y tragaba con ansia. Ante tal espectáculo me di la vuelta y volví corriendo a atrincherarme en mi habitación, cerré la puerta con llave y usé una silla para trabar el picaporte.

Pasé la noche con los ojos abiertos, reaccionando ante el más mínimo de los ruidos dentro y fuera de las cuatro paredes que había adoptado como lugar seguro.

Volví a salir cerca de la hora de almorzar del día siguiente, la casa era inundada por el aroma dulce de unas batatas que mi madre había puesto al fuego, Jonathan estaba a su lado, ayudándola a cortar algunas verduras. Yo ocupé mi lugar en la mesa y cuando recibí un plato colmado de estofado no pude probar bocado, siendo consciente de que las manos de aquella cosa habían manipulado mis alimentos. Él tampoco comió, se excusó diciendo que no se sentía bien, pero yo intuía que al igual que una serpiente, esa criatura no necesitaba alimentarse con la misma frecuencia que una persona normal.

Por la tarde escapé hacia el bosque, yendo a aquel rincón donde el lago aguardaba en aparente calma, ocultando sus secretos en la profundidad. Su silencio me llenó de inmensa rabia porque se burlaba de mí, de lo que se había llevado y de lo que me había devuelto en su lugar. Allí no encontré las respuestas que buscaba y la falta de sonido comenzaba a inquietarme, no escuchaba el viento, ni los pájaros, ni los insectos, era como si esa parte del bosque estuviera muerta.

Cuando volví a casa lo primero que vi al entrar fue un rastro de manchas rojizas que iba desde la puerta principal hasta la cocina, al seguirlo encontré a Casper tendido en el suelo, jadeando sobre un charco de su sangre. Caí de rodillas a su lado buscando la herida entre su pelaje húmedo. Parecía haber sido atacado por un animal salvaje, pero fui incapaz de reconocer aquella mordida con forma de medialuna, punto tras punto marcado en la piel del perro dejaban en evidencia una cantidad imposible de dientes.

Grité llamando a mis padres y ellos acudieron en pocos segundos. Mi padre tomó a nuestro perro en brazos y corrió fuera de la casa siendo seguido por mi madre. Me hubiera gustado decirles lo que pensaba, que yo sabía quién era el culpable. No me hubieran creído así que guardé silencio tragándome mis palabras mientras ellos me dejaban solo.

Una vez que el auto arrancó, quedé estático, mirando a mi hermano, quien estaba de pie a un lado de la puerta principal que acababa de cerrarse; la mesa del comedor se interponía entre nosotros. Él no se movió antes que yo, sino que me siguió cuando yo me lancé sobre la puerta trasera, cayendo al suelo cuando se abrió. No me giré al escuchar los rápidos pasos que venían detrás de mí, en su lugar me arrastré sintiendo las ramitas y hojas secas clavándose en la palma de mis manos mientras me incorporaba con el objetivo de alcanzar el hacha que esperaba clavada en un tronco cerca de la casita del perro.

Al darme la vuelta la cabeza del hacha impactó contra el hombro de Jonathan y gritó, retrocediendo de inmediato y sentí algo húmedo salpicarme el rostro. Un segundo hachazo fue directo a su pecho, y una vez en el suelo, no me da vergüenza admitir que le corté la cabeza para asegurar su muerte.

Pueden pensar que estoy loco, incluso que soy un asesino, está bien, pero no me arrepiento de hacerlo porque repito que eso no era humano. Incluso luego de decapitarlo lo que brotaba incesantemente de sus heridas no era sangre sino agua, agua fría, el agua del lago.

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