Samuel Bauer quería una familia. Lo deseaba aún más que su futura profesión como abogado. Ansiaba tener un lugar al cual volver luego de un largo día de trabajo, ser recibido por las dulces caricias de una amable mujer y la vocecita aguda de un niño que tuviera los mismos ojos de su esposa. Es probable que necesitara aquella seguridad que no había tenido de niño, que su padre eternamente ocupado no supo brindarle y que su madre le negó al momento de abandonarlo.
Cuando volvía del colegio con la mochila a cuestas, pesada por la cantidad de libros que cargaba, esperaba que alguien le abriera la puerta y se alegrara de verlo; sin embargo sacaba las llaves del bolsillo desgastado de su abrigo y daba un paso dentro a la oscuridad de una sala de estar pobremente iluminada. Lo recibía un hombre sentado solo en una mesita redonda con unos cuantos papeles con números y palabras que no entendía y tampoco le interesaban.
Sam preparaba la cena todas las noches, para él y para su padre; comía solo en la pequeña mesa de la cocina, porque el hombre tenía la costumbre de beber y aquello provocaba que aflorara el carácter violento que tanto escondía cuando vestía el uniforme y cumplía sus horas en la comisaría.
La primera satisfacción llegó cuando el hermano de su padre, el tío Héctor, dejó su hogar en la ciudad para mudarse al campo y le permitió a su sobrino mudarse a la casa que había quedado vacía. Para ese entonces, Sam trabajaba en una oficina de correos donde no cobraba lo suficiente para permitirse un hogar propio, no obstante, el tío Héctor solo pedía una pequeña suma de dinero, a razón de darle a su sobrino una sensación de independencia y dignidad, cosa que el joven agradecía.
Una casa de dos pisos era demasiado grande, demasiado silenciosa y los pocos muebles que se había llevado no eran suficientes para llenar aquel vacío que parecía extenderse más cada día; de cierta forma hacía que Sam ansiara sus mañanas corriendo por la universidad, saltando de una clase a la otra llenando cuadernos y sin tiempo alguno para pensar en otras cosas. Incluso en la oficina, pelearse con clientes y sus reclamos absurdos era mejor que el silencio. Algunas veces, Sam extrañaba a su padre; no el sonido de su voz, que rara vez escuchaba, ni la tensión en el aire generada por el temor de hacer algo que lo hiciera enojar, sino su simple presencia. La sensación de estar en una habitación sabiendo que en la otra había una persona, ocupada o descansando, pero existiendo al fin y al cabo. El saber que no se estaba solo.
La segunda satisfacción llegó, entonces, cuando su tío fue a visitarlo seis meses después de haberse mudado. Héctor sacó algo de la caja de la camioneta, una cosa peluda envuelta en una manta roja. «Este va a cuidar la casa», le dijo a su sobrino mientras le entregaba un cachorrito blanco con la cara negra.
Sam acunó al perro entre sus brazos mientras pasaba los dedos entre el esponjoso pelaje, una cálida sensación comenzó a crecer en su pecho, comprendió que ese silencio infernal y las noches en soledad se habían terminado. Cuando miró al perro a los ojos, y se vio a sí mismo reflejado en ese par de esferas negras, entendió que él era todo lo que ese animal tenía y le prometió que nunca lo haría sentir de la misma manera en que lo habían hecho sentir a él.
Durante las noches de invierno se habían acostumbrado a compartir la cama. César, como había decidido llamarlo, se acurrucaba en el espacio libre entre el cuello y los hombros de su dueño. Cuando el can comenzó a crecer y el espacio se volvió cada vez más pequeño para ambos, Sam le puso un almohadón al lado de su cama y el animal se recostaba allí, con la mirada siempre fija en la puerta del dormitorio.
Por la mañana, cuando Sam se iba a la universidad, el perro esperaba mirando por la ventana, sin ánimo suficiente como para ladrarle a las personas que pasaban ocasionalmente. César era silencioso e incluso se inquietaba cuando otros perros lo confrontaban con ruidosos ladridos, como si él no comprendiera lo que querían decir; de este modo, seguía a los transeúntes con su mirada de ojos negros y observaba a los otros perros en libertad con algo similar a la envidia.
Por la noche, cuando Sam volvía de su trabajo en la oficina, el perro saltaba sobre él, empujándolo contra la puerta cerrada y trataba de lamerle el rostro como si hubiera temido que no volvería a verlo luego de pasar tantas horas en soledad. Su amigo canino le perdonaba su tardanza porque su dueño todas las noches le ponía una cadena y lo llevaba a caminar por las tranquilas calles iluminadas por farolas blancas, no importaba si llovía, si hacía frío o, por el contrario, demasiado calor, Sam y su perro tenían un compromiso porque eran familia.
Amelia llegó a la vida de ambos una tarde de otoño. Aquella mujer destacaba en cada examen y no perdía una sola clase, era habitual cruzarla en los pasillos de la universidad con su largo pelo rubio atado con un lazo negro y sus delicados labios pintados de rosa pálido. Ella y Sam trabajaron juntos en un proyecto, teniendo la oportunidad de descubrir cuánto tenían en común. Cosas irrelevantes como el gusto por películas de terror clase b y rock clásico, y otras de mayor importancia como su entusiasmo por encontrar su lugar en la vida y compartirlo con quien entendiera sus valores. En ella, Sam encontró la ternura de una mujer que su madre nunca pudo ser, un pilar en el cual recargarse cuando la vida pesara.
Samuel se había encargado de darle todos los detalles a César, quien escuchaba con atención moviendo las orejas y siguiéndolo con la mirada mientras su dueño con tanto ánimo gesticulaba con las manos haciendo una puesta en escena para su compañero canino, ya que éste debía estar al tanto si es que una nueva persona se unía a ellos.
Casi como si lo hubieran planeado, y quizás es que Sam sí había pensado en ello cuidadosamente, aunque fallara a la hora de comunicarlo; para el momento en que ambos tuvieron un diploma en sus manos, no solo debían pensar en su futuro profesional, sino también en lo buenos padres que aprenderían a ser porque Amelia cargaba en su vientre el fruto de la pasión de ambos.
En el segundo piso había una habitación que el abogado había designado para guardar diversas cajas, bolsas y maletas que no había encontrado el ánimo para desarmar, no obstante, con el entusiasmo renovado por su nuevo proyecto, se encargó de trasladar cada uno de los bultos al sótano, sector que aún estaba en reparaciones con azulejos y tablas de madera dispersas o amontonadas por los rincones, bolsas de arena y cemento entre otras cosas olvidadas gracias a la falta de tiempo.
Fueron los padres de Amelia quienes insistieron en que ella se mudara lo antes posible. Se trataba de personas tradicionales que encontraron gran placer al hablar con Samuel y ver en él a un joven esperanzado con un futuro prometedor, sin duda un esposo envidiable y un padre cariñoso. Por supuesto que la noticia de un niño llegando antes que la propuesta de matrimonio no era de su total agrado, sin embargo, eran gente optimista que le dio un voto de confianza al Señor Bauer.
Amelia intentaba sostenerle la mirada a César, quien se sentaba muy cerca de ella sin hacer otra cosa más que observarla. Sam no parecía notarlo, pero su perro era inusualmente silencioso, cuando se quedaba quieto podía pasar horas en la misma posición, casi sin pestañear, dando la ilusión de estar en presencia de un ser fantasmal. Cuando Sam estaba cerca, el perro hacía lo posible para llamar su atención, empujándolo y mordiéndole la ropa para alejarlo de aquella mujer.
Una tarde, cuando Amelia salió de la ducha, se dirigió a la habitación cubriéndose con una toalla blanca, al entrar al dormitorio, César estaba recostado en la cama y como era habitual la miró fijamente. «Abajo», fue todo lo que ella dijo y bastó para que el animal se enderezara y con una furia desconocida, enseñó los dientes y gruñó como una bestia. La mujer gritó el nombre de su novio y éste acudió a su rescate, fue entonces que se decidió que el animal ya no debía dormir junto a ellos.
A César no le gustaba pasar las noches en la sala, en la oscuridad de la habitación podía escuchar al dueño respirar y tenía la seguridad de que estaba bien y a salvo porque él lo defendería de cualquiera que quisiera perturbar su sueño. En la sala, en cambio, lo único que escuchaba eran las hojas movidas por el viento y las ramitas acariciando la ventana. Estando solo decidió que podía cambiar su lugar en el suelo por la comodidad del sillón, saltando sobre los almohadones forrados en terciopelo azul. Al mirar por la ventana sintió deseos de salir y correr porque hacía tiempo que su amo ya no tenía tiempo para esas actividades.
A mediados de enero, César vio desde el sillón como su dueño y aquella mujer bajaron las escaleras de dos en dos y se fueron dando un portazo sin despedirse o siquiera mirarlo. Lo siguiente que el perro supo fue que la pareja volvió al día siguiente con algo que olía diferente, Amelia lo cargaba entre sus brazos, envuelto en una manta tejida con lana amarilla. César bajó de su lugar predilecto y quiso acercarse, sintiendo una fuerte presión en el cuello y una sensación de ahogo que lo obligó a jadear cuando Sam lo detuvo tirando de su collar para llevarlo al patio mientras el animal arrastraba las patas traseras protestando para quedarse adentro.
Cuando se mudó al patio, el plato de César se encontraba vacío con frecuencia, Sam cargaba bolsas negras bajo sus ojos apagados por el cansancio, Amelia no quería salir de la casa por temor a enfermar y contagiar a la criatura, a quien decidieron llamar Lucy, en honor a la abuela. El perro temblaba acurrucado contra la puerta cuando caía la lluvia, sin ningún reparo que lo protegiera. Si se paraba en dos patas, alcanzaba la ventana y podía ver con recelo, como la madre y su hija dormitaban cómodamente en el sillón con almohadones azules, el lugar que había sido suyo.
Con el correr de los meses y alimentado por un nuevo sentimiento de soledad, César entendió que las intrusas debían irse.
Él sabía que su dueño volvía a casa cuando el sol estaba por ocultarse, y lo había visto abrir y cerrar la puerta las veces suficientes como para saber que si saltaba y golpeaba el picaporte, se abriría. Una vez dentro de la casa, el animal subió la escalera sin prisa dirigiéndose al dormitorio; Amelia nunca cerraba la puerta por completo ya que le preocupaba que su hija llorara y ella no pudiera escucharla.
El perro empujó la puerta con la cabeza y se abrió lentamente con un ligero «click» que hizo el picaporte al ceder. El perro vio las pequeñas manos y pies yendo y viniendo en el aire mientras la bebé recién despertaba, se quejaba ante la ausencia del calor de su madre.
César se acercó a la cuna, apoyando la nariz entre los barrotes para olfatear a la indefensa criatura rodeada de peluches de diferentes colores y apariencia amigable; Lucy pateaba una manta amarilla con sus piecitos cubiertos por medias marrones con ositos dibujados. El perro apoyó las patas delanteras en la cuna e inclinó la cabeza hacia adentro, empujando a la niña con el hocico. Cuando Lucy emitió el primer quejido, señal de que estaba a punto de romper en llanto, César atrapó la cabeza entre sus dientes y dio un salto, tirando la cuna al tratar de meterse en ella.
La niña gritó casi tan fuerte como lo había hecho aquel día en que abandonó el cuerpo de su madre, respirando por su cuenta por primera vez. El animal, motivado por la sangre que corría sobre su lengua, continuó sacudiéndola, escuchando el crujir de los huesos al partirse gracias a la presión que su mandíbula ejercía sobre ellos.
En medio del caos se escucharon los rápidos pasos de Amelia siendo ahogados por la alfombra que adornaba la escalera. La mujer gritó y las piernas le fallaron cuando vio al animal que aún tenía entre los dientes el cuerpo sin vida de su hija.
La mujer alcanzó el pomo de la puerta, pero César se abalanzó sobre ella antes de que pudiera cerrarla. Ella usó los brazos como escudo, recibiendo profundas heridas en ellos hasta que el furioso animal logró desgarrarle la garganta con los colmillos.
Los gritos y golpes callaron repentinamente y César se recostó sobre el cuerpo sin vida de Amelia mientras aprovechaba para alimentarse de ella.
Esa noche, cuando Sam volvió, encontró los pasillos envueltos por un manto de oscuridad, puesto que no quedaba nadie que encendiera las luces, sobre la mesita ratona había un diario con un bolígrafo y una taza de café que ya se había enfriado.
El joven abogado dejó su maletín en el sillón de la sala y subió la escalera con cautela, llamando a su esposa. Al llegar al pasillo lo invadió un olor nauseabundo y el hombre tembló asqueado mientras avanzaba hacia la puerta abierta del dormitorio. Lo primero que hizo fue buscar la llave de la luz y se arrepintió al instante cuando la cálida iluminación reveló la escena que se desplegaba ante él.
Entre gritos y llanto no vio al perro que se acercaba por el pasillo, sino hasta que el animal, con el pelaje blanco teñido de carmesí, se sentó frente a él y dejó caer la pelota que tenía en el hocico, moviendo la cola al anticipar el momento en que su dueño la levantaría para jugar con él.
Sam cayó de rodillas y abrazó a su mascota. Sus brazos se cerraban alrededor del cuello de César y las uñas del perro daban golpecitos en el suelo cuando éste intentaba zafarse del fuerte agarre de su dueño. El rostro del hombre se manchó de un rojo tan leve que parecía rosa, mezclándose con el rubor que cubría sus mejillas mientras ahogaba su llanto contra el pelaje del animal.
Sam apretaba los puños sintiendo como el pelo se apelmazaba entre los dedos, pero pese a la rabia que crecía en su interior, era incapaz de causarle daño a su mejor amigo y temía por lo que le pasara si alguien descubría lo que había hecho, no podía perderlo a él también.
El reloj colgado sobre la cabecera de la cama marcaba las cuatro menos cuarto de la madrugada cuando Sam arrastró el cuerpo de Amelia fuera de la habitación. La cabeza de ella daba un golpe seco en cada escalón conforme bajaban, dejando atrás ocasionales manchas rojas. César vigilaba la escena, sentado en el último escalón de arriba, con los ojos brillando al reflejar la luz proveniente del exterior.
Evitando mirar el cuerpo de la mujer que amaba, Sam hurgó en el cajón de herramientas que guardaba al lado de la lavadora. Una vez encontró la maza, apretó el mango de madera hasta sentir como pequeñas astillas se abrían paso bajo su piel. Miró el concreto gris de un piso sin terminar y apretó los dientes antes de dar el primer golpe. Una vez que el agujero tuvo el tamaño adecuado, el cuerpo de Amelia cayó en su interior doblando las extremidades en posiciones imposibles, convenientes para encajar en el reducido espacio.
El hombre debió arrastrar los pies al subir nuevamente la escalera y entrar al dormitorio, donde recogió lo que quedaba de ese pequeño ser humano que había sido su hija, Lucy. Manteniendo la vista al frente y reprimiendo las náuseas, la dejó reunirse con su madre en el lugar donde ambas encontrarían reposo eterno. El perro iba detrás de él agitando la cola en todo momento, al estirar la comisura de los labios daba la impresión de estar sonriendo.
Samuel buscó los documentos de su amada, los papeles constatando la existencia de Lucy y puso todo dentro del agujero, junto a lo que quedaba de la mano de Amelia, si es que aún se podía llamar así a aquel apéndice deformado por los dientes de César. El hueco fue rellenado con arena y cemento hasta que el piso recuperó su aspecto liso, gris, aburrido.
El ruido del agua corriendo acompañaba la radio mientras sonaba una suave melodía y la espuma perdía su color volviéndose cada vez más opaca conforme Sam enjuagaba el pelaje de su amigo, escurriendo la sangre que se había secado en su pelo.
El fuego de la chimenea devoró algunas de las prendas favoritas de Amelia, así como los pequeños vestidos de la niña, con todo aquello reducido a cenizas, Samuel lloró y explicó a todo el que preguntara, cómo su amada lo había abandonado sin explicación, llevándose consigo a su hija.