En la marea del tiempo mi cuerpo carece de peso y flota a la deriva en el interminable océano de segundos. Poco eficiente resulta la resistencia; si esta se excede, podría perecer; estancarme en un bello recuerdo, desaparecer bajo los abrigadores rayos del sol. Un sabor amargo me acaricia la garganta. La existencia misma se derrama en incógnitas imposibles de resolver.
Quizás todo tiene más sentido del que debería; la verdad más explícita no encuentra lugar en el corazón de quien se cubre los ojos de arena. Por otro lado, ningún ser sobre la tierra impedirá que las hojas mueran. Lo que fue nunca más será y lo que es, está destinado a desaparecer. Un recuerdo no es más que la distorsión de nuestra mirada.
En nuestra arrogancia pretendemos alcanzar la mayor cantidad de conocimiento para alzarnos sobre multitudes expectantes; olvidamos así que jamás podremos vernos a nosotros mismos reflejados en el cristal de la vida.
Arrastramos nuestro propio peso durante tantos años, que un día este será más de lo que podemos cargar. Será ese el momento en que nuestra corona de brillante orgullo se convertirá en un ancla de oro.